PORTADA         2º BACHILLERATO

1. RAÍCES HISTÓRICAS DE ESPAÑA (1000 aC - 1800)


EDAD ANTIGUA


1. La cultura de Tartessos y las colonizaciones griega y fenicia


     Sobre el sustrato indígena, en el primer milenio antes de nuestra era se produce en la Península Ibérica la llegada de diversos pueblos. Ya en el 1100 aC, penetran a través de los Pirineos poblaciones indoeuropeas procedentes del norte de Europa y de cultura celta, que se establecen sobre toda la Península, a excepción del litoral mediterráneo, donde se asientan poblaciones ibéricas.


    Hacia el 900 aC. alcanzan las costas de Andalucía occidental los fenicios, pueblo comerciante que tiene su base en el Mediterráneo oriental (actual Líbano). Llegan interesados en los abundantes recursos mineros de la región, principalmente plata, hierro, cobre y estaño y fundan ciudades como Gadir (Cádiz), Malaka (Málaga), Sexi (Almuñecar) y Abdera (Adra) e influyen en las culturas autóctonas generalizando el uso del hierro e introduciendo la escritura y el culto a sus dioses Astarté y Melqart. Tras la decadencia de las metrópolis fenicias a partir del 600 aC. (acosadas por los imperios de la zona:  Babilonia, Asiria, Persia), su testigo fue recogido por los cartagineses, cuya capital, Cartago, en la costa de Túnez, había sido fundada por los propios fenicios en el 820 aC.


    Desde el 800 aC. Los griegos se habían expandido hacia el Mediterraneo occidental, fundando ciudades como Massilia (Marsella, en el sur de Francia), desde la cual, a su vez, alcanzaron la Península Ibérica, donde fundaron enclaves como Emporion (Ampurias) y Rhode (Rosas), y desarrollaron una intensa actividad comercial.


    Probablemente como resultado de la influencia de los colonizadores fenicios sobre las culturas autóctonas de la zona suroccidental de la Península Ibérica, se desarrolló entre el 1000 y el 500 aC. la civilización tartéssica; se trató de un cultura muy avanzada, basada en la agricultura y el comercio de metales preciosos (oro y plata) además del cobre. Incorporaron muchos elementos de la cultura fenicia, sobre todo religiosos y desarrollaron un modelo de sociedad aristocrática de la que nos queda el nombre del rey Argantonio así como los tesoros descubiertos en El Carambolo (Sevilla) y Aliseda (Cáceres).



2. La Romanización de la Península Ibérica


    Entendemos por “romanización” el proceso de asimilación cultural que sufrieron los territorios conquistados y sometidos al poder político del Imperio Romano y que llevaron a aquellos a adoptar la lengua, instituciones, costumbres y organización social romanas.


    En el caso de la Península Ibérica, tal proceso se inicia con la conquista y esta a su vez comenzó a raiz de la victoria romana sobre los cartagineses en la Segunda Guerra Púnica (218 -201 aC). La conquista romana se realizó en cuatro fases: la primera culminó con el control de las costas mediterráneas (ámbito cultural ibérico); la segunda corresponde a la ocupación de la meseta, donde lusitanos y celtíberos oponen una tenaz resistencia; la tercera permite a los romanos el control del cuadrante noroccidental (Galicia) y la cuarta y última lleva a la ocupación de la cornisa cantábrica frente a astures, cántabros y vascones..


    La romanización, propiamente dicha, tuvo como vehículos fundamentales: la adopción del latín, que desplazó a las lenguas indígenas; la religión politeísta romana, el culto al emperador y, mas tarde, el cristianismo; la implantación del Derecho romano y la extensión progresiva de derechos ciudadanos a los hispanos, que tiene como hito principal la concesión de la ciudadanía latina por Vespasiano en el 74 dC; la integración política y económica de Hispania en las estructuras del Imperio y, finalmente, el establecimiento de un sistema urbano, con la renovación de los núcleos de población antiguos y la edificación de nuevas ciudades enlazadas por una red de  calzadas.


    La romanización de Hispania, en coherencia con el nivel de desarrollo previo y las fases de la conquista, fue más intensa y completa en las áreas mediterraneas y mucho menor en las cantábricas.



EDAD MEDIA


  1. 3.La monarquía visigoda: Leovigildo y Recaredo

    Tras la Batalla de Vouillé en el 507 y su expulsión de la Galia por los francos, los visigodos, un pueblo de orígen germánico, se establece en la Península Ibérica, fijando su capital en la ciudad de Toledo. La inestabilidad y la división son características del reino visigodo desde sus origenes: no había unidad territorial, ya que en el noroeste se había establecido un reino suevo, en el sudeste, los bizantinos  y en el norte, las tribus vascas eran difícilmente controladas. Tampoco había unidad jurídica, ya que la población nativa hispanorromana, se regía por el Derecho romano, en tanto que el pueblo dominante, los visigodos, se regían por el germánico, de carácter consuetudinario; ni unidad religiosa, puesto que los hispanorromanos eran católicos y los visigodos arrianos. Finalmente, las luchas por la corona, de carácter electivo, generaban frecuentes guerras civiles . Así, la búsqueda de la unidad y el fortalecimiento de la monarquía fueron objetivos permanentes de los reyes visigodos y tuvieron algunos de sus hitos principales en Leovigildo (573 - 586), que derrotó a los suevos e incorporó sus territorios, además de derrotar repetidas veces a vascos y bizantinos; Suintila, que expulsó definitivamente a estos últimos; Recaredo, hijo de Leovigildo, que en el III Concilio de Toledo (589) unifica a todo su reino bajo una misma religión, la católica y Recesvinto, quien, con la promulgación del Liber Iudiciorum en el año 654, establece un derecho igual y unitario para todos los súbditos del reino.


    Como se ha indicado, los visigodos se regían por una monarquía electiva, en la que el rey era asistido por un Aula Regia o Consejo del Rey, integrado por nobles y eclesiásticos que asesoraban al monarca; por los  Officium, presididos por los condes, a modo de primitivos ministerios, que se ocupaban de la gestión del reino y los Concilios de Toledo, una asamblea de nobles y clérigos que asesoraban al rey en materia de legislación y gobierno.


La sociedad visigoda se caracterizó, sobre todo en sus inicios, por la segregación étnica entre la masa de población dominada, hispanorromana y la minoría dominante, la élite guerrera constituída por los visigodos. Como se indicó arriba, esta división se plasmaba en el terreno jurídico, con códigos legales diferentes para ambos sectores y en lo religioso, con la división entre católicos y arrianos.


    En el terreno de la economía, el período visigodo supuso una clara decadencia del comercio, la industria y el desarrollo urbano. Se estableció una economía de subsistencia basada en la posesión de grandes latifundios por parte de la élite dirigente (guerrera y eclesiástica) y trabajados por colonos, que va prefigurando la economía señorial típica de la Edad Media.


    A comienzos del siglo VIII, una nueva crisis sucesoria, a la muerte del rey Witiza, dio lugar a una guerra civil entre los partidarios de los hijos del rey y los de Don Rodrigo, lo que favoreció, en el 711, la intervención del nuevo poder islámico emergente en el Mediterraneo, el fin de la monarquía visigoda y la transformación de Hispania en Al Andalus, como provincia (valiato) del Califato de Damasco.



  1. 4.Califato de Córdoba: Abderramán III y Almanzor

   En el año 711, aprovechando una nueva guerra civil en el reino visigodo, en la que se disputaban el trono los hijos del fallecido rey Witiza y el noble Don Rodrigo, el Califato Omeya, recién asentado en el norte de África, interviene en Hispania y la convierte en una provincia más (valiato) de su imperio, con sede en Damasco. Tras la rebelión abasí, un miembro de la familia Omeya, Abderramán, se refugia en Córdoba y en el 756 proclama su independencia, convirtiendo Al Ándalus en un emirato, independiente en lo político, pero sometido en lo religioso  a la autoridad del califa abasí, con capital ahora en Bagdad. En el año 929, un descendiente de esta dinastía, Abderramán III, rompe todos los lazos con Bagdad y proclama el Califato Omeya de Córdoba.

La época califal y especialmente los reinados de Abderramán III y de su hijo y sucesor Alhakem II, supone el período de máximo esplendor de la España musulmana, convertida en potencia económica, política, militar y cultural. Los

pequeños  reinos cristianos del norte son sometidos a tributos por el califato, que dentro de sus fronteras logra una etapa de paz y desarrollo en todos los órdenes. Asistido por el primer ministro o hachib, el califa gobierna un territorio dividido en coras, al frente de cada una de las cuales se encuentra el valí o gobernador. Se alcanza un extraordinario desarrollo urbano, con el florecimiento de ciudades como la propia Córdoba, Sevilla,  Granada o Toledo. el Califato cordobés se convierte en intermediario entre el sur y el  oriente islámicos y el norte y occidente, cristianos.   

    Tras los sucesores de Alhakem II, el califato inicia su declive, con la decadencia del poder de los califas y el ascenso del hachib Abu Amir, “Almanzor”, quien se impone al califa Hisham II, estableciendo de facto una dictadura militar basada en victoriosas campañas contra los reinos cristianos, que le proporcionaban recursos económicos, en forma de botín, además de prestigio y poder sobre el ejército. Sin embargo, tras la muerte de Almanzor, en 1002, sus sucesores no lograron mantener el control del califato, mientras que el poder de los propios califas siguió debilitándose en un periódo de disputas internas y desórdenes que culminó en 1031 con la desaparición del Califato y la división de Al Andalus en pequeños reinos independientes, denominados taifas. Este momento marcará el fin de la hegemonía islámica en la Península Ibérica y el inicio de la hegemonía de los reinos cristianos.


  1. 4.Almorávides y almohades en la Península Ibérica

    Tras la fragmentación, en 1031, del califato andalusí en decenas de reinos de taifas, los reinos cristianos del norte:  León , Castilla, Navarra (en menor medida), Aragón y los condados catalanes inician una rápida expansión territorial más allá de los rios Duero y Ebro. El reino castellano leonés alcanza el valle del Tajo y conquista en 1085 la antigua capital visigoda, Toledo, con un enorme valor simbólico. Las pérdidas territoriales y la imposición de parias (tributos) por parte de los reinos cristianos a las taifas musulmanas, llevan a estas a pedir ayuda al nuevo poder musumán establecido en el norte de África: los almorávides.

    Los almorávides, caracterizados por su rigorismo religioso, entran en la Península Ibérica y logran detener el avance cristiano en la Batalla de Zalaca (Sagrajas, próximo a Badajoz), si bien no consiguen la recuperación de los territorios perdidos. Convierten Al Ándalus en una provincia de su imperio e imponen una versión integrista del Islam que choca con la orientación, más flexible, que predominaba entre los hispanomusulmanes. El descontento de la población con el control almorávide y la presión a que son sometidos en sus bases norteafricanas por la aparición de un nuevo poder, los almohades, provocó la caída de los almorávides y la disgregación de Al Ándalus en unos segundos reinos de taifas.

    Los almohades, una dinastía bereber, logró imponer su poder político y religioso sobre el territorio antes ocupados por los almorávides e iniciaron igualmente su expansión en la Península Ibérica a partir del año 1146, a costa de los debilitados reinos de taifas. Establecieron su capital en Sevilla y en el 1095 logran su mayor victoria sobre los cristianos al derrotar en Alarcos al rey de Castilla, Alfonso VIII.

    Ante la nueva amenaza islámica, los reinos cristianos forjaron una alianza que, bajo el amparo papal, logra unir las fuerzas de Alfonso VIII (Castilla), Sancho VII (Navarra), Pedro III (Aragón) y Alfonso II (Portugal), a quienes se unen nobles francos que acuden a la llamada del Papa a la cruzada. Esta coalición de reyes cristianos obtuvo una victoria de enorme trascendencia en las Navas de Tolosa en 1212, pues supuso el desmoronamiento del poder almohade y la apertura del valle del Guadalquivir a la expansión cristiana. A partir de la Batalla de las Navas, el Islam queda definitivamente debilitado en la Península Ibérica, dividido en unas terceras taifas que, sometidas a tributos por los reyes cristianos, van cayendo progresivamente hasta quedar tan solo el Reino de Granada, el cual sobrevivirá hasta 1492.


  1. 5.Modelos de repoblación y su influencia en la estructura de la propiedad

    Al proceso de incorporación de territorios por parte de los reinos hispanocristianos del norte de la Península Ibérica a costa de los reinos hispanomusulmanes del sur, se le ha donominado con el, no unánimemente aceptado, término de “Reconquista”. Al compás de esta, las tierras que pasaban a poder de los reinos cristianos, sufrían un proceso de repoblación (los habitantes musulmanes huían o quedaban sometidos en diversos grados al nuevo poder), que varió en sus formas, dependiendo del momento y la zona. La forma de repoblación y ocupación de las tierras conquistadas determinó una estructura de la propiedad agraria que perviviría en España durante muchos siglos y que aún hoy puede apreciarse en muchos casos. Podemos señalar al menos cuatro grandes modelos de repoblación:

  1. a)Siglos VIII al X: Repoblación por “pressura” (reinos occidentales) o “aprissio” (reinos orientales). Se efectuaba sobre tierras poco o nada pobladas, principalmente en el valle del Duero y consistía sencillamente en el reconocimiento de la propiedad de las tierras a los campesinos que, a título individual, las ocupaban y cultivaban. Estos campesinos participaban activamente en la defensa del territorio frente a los musulmanes y dicho modelo determinó un modelo basado en la pequeña y mediana propiedad y un campesinado libre y con derechos.

  2. b)Siglos XI y XII: Repoblación concejil. Se desarrolla entre los rios Duero y Tajo y en el valle del Ebro y Sistema Ibérico. Los reyes  dividen las tierras conquistadas en concejos, con una ciudad de cabecera a la que conceden fueros y privilegios (cartas pueblas) para atraer población que explote y defienda la frontera. Dieron lugar a propiedades medianas y, sobre todo, a ciudades poderosas, con representación en Cortes y que controlaban amplios territorios con abundantes tierras comunales, gestionadas por el concejo y usufructuadas por sus habitantes.

  3. c)Primera mitad del siglo XIII: Repoblación por órdenes militares. Se desarrolla sobre todo en torno al valle del Guadiana, Teruel y Castellón. Es la Edad de Oro de estas congregaciones de monjes guerreros (Alcántara, Santiago y Calatrava en los reinos de León y Castilla y Montesa en el de Aragón). Dichas órdenes, con sus poderosos grandes maestres al frente, ayudan a los monarcas en la conquista del territorio y son recompensados con extensisimos dominios, trabajados por campesinos en régimen de colonato. Dio lugar, por tanto, a una estructura agraria basada en grandes latifundios, dedicados a la agricultura y la ganadería, propiedad de ordenes religiosas y trabajados por campesinos no propietarios.

  4. d)Segunda mitad del siglo XIII hasta finales del siglo XV. Repoblación por repartimientos. La etapa final de la Reconquista se desarrolla, principalmente, en el valle del Guadalquivir y el litoral sur de Levante. Ahora son las grandes casas nobiliarias las protagonistas de la guerra, aportando sus ejércitos privados a los reyes, quienes las recompensan con enormes propiedades. Este sistema dio lugar a una estructura similar a la anterior: grandes latifundios, en manos, en este caso, de la alta nobleza y trabajados por una abundante masa de campesinos sin tierras.


7. La Corona de Castilla en el siglo XIII: organización política y expansión territorial

       La expansión territorial y el fortalecimiento del poder real  caracterizan el siglo XIII en la Corona castellana. Arranca prácticamente con la victoria de las Navas de Tolosa, en 1212, frente a los almohades, que abre el Valle del Guadalquivir a la conquista por Castilla de todo el territorio al sur del Tajo salvo las posesiones del Reino de Portugal, que alcanza y asegura el Algarve a mediados del siglo y del Reino de Aragón, al que cierra el paso en Murcia, restando solo un Sultanato musulmán en Granada, tributario de Castilla hasta 1492. 

    Tras el control del Estrecho, la corona castellana se lanza a la navegación atlántica, centralizada desde Sevilla (tal como Burgos controlaba la navegación por el Cantábrico), y que conduce al inicio de la conquista del archipiélago canario (1402, Lanzarote - 1496, Tenerife), la cual prefigura la de América. En 1230 había culminado, además, la unión de los reinos de Castilla y León bajo Fernando III el Santo.

    El siglo XIII es, por otra parte, el momento de esplendor de las Cortes, institución  que surge en el Reino de León en 1188 y que reúne a los representantes de los distintos estamentos del reino: la nobleza, el clero y las ciudades, como contrapeso del poder real y con funciones principalmente económicas (aprobacion de impuestos extraordinarios a petición del monarca), de asesoríá y protocolarias (proclamación y juramentación de los reyes).

    Paralelamente, los monarcas de Castilla (entidad que se sobrepone a la leonesa en la unidad mencionada arriba) refuerzan su poder frente a la nobleza y las Cortes, mediante códigos legales que unifican y homogeneizan la normativa existente, como las Partidas de Alfonso X el Sabio (1282 - 1284) y el Ordenamiento de Alcala, de Alfonso XI (1348). Contribuye a ello el establecimiento de nuevas instituciones, que asisten a la Corona, como la Audiencia o Chancillería, que, con sede en Valladolid, se ocupa de los asuntos judiciales del reino; unas Contadurías Mayores, que se ocupaban de los gastos e ingresos de la Corona y un ejército semipermanente al servicio del Rey. Se va avanzando así, a lo largo del siglo XIII y buena parte del XIV, en el camino hacia la monarquía autoritaria, que da pasos decisivos bajo el reinado de Pedro I el Justiciero (o el Cruel), entre 1350 y 1369. Precisamente contra Pedro I se subleva la nobleza, para proteger sus prerrogativas y privilegios, entronizando, tras la guerra civil, a una nueva dinastía, la de los Trastámara, en la persona de Enrique II.


EDAD MODERNA


8. Los Reyes Católicos: Unión dinástica e integración de los reinos peninsulares

    El matrimonio, en 1469, entre Isabel, hermana y heredera de Enrique IV de Castlla (tras vencer en su enfrentamiento por la sucesión a su sobrina Juana) y Fernando, hijo de Juan II y heredero de la Corona de Aragón, supuso, tras el acceso al trono de ambos (Isabel en 1474 y Fernando en 1479), la unión de los dos reinos más poderosos de la Península Iberica, siendo los otros Portugal, Navarra y el sultanato de Granada. Dicha unión se redujo a una vinculación dinástica, pues ambos reinos mantuvieron sus propias instituciones de gobierno, leyes, aduanas y moneda tradicionales; las únicas instituciones comunes fueron la propia monarquía y el  Consejo de la Suprema y General Inquisición, a partir de 1488. La unión dinástica, no obstante, supuso el reforzamiento de ambas monarquías, apoyadas sobre todo en Castilla, dado que su peso económico, demográfico y territorial era mucho mayor y además, el poder de la monarquía, más fuerte, ya que la estructura confederal de la Corona aragonesa, exigía de sus monarcas una política de pactos con las instituciones y la nobleza.

    Apoyados en esta unión matrimonial, los Reyes Católicos (título que les otorgó el papa Alejandro VI tras la conquista de Granada) dieron pasos decisivos en el fortalecimiento del poder real, para ello orientaron su política en tres direcciones: la incorporación de nuevos territorios, el reforzamiento de las instituciones de gobierno y la unidad religiosa.

    En lo que se refiere a la integración territorial, se cerró la llamada Reconquista, con la anexión del Reino de Granada en 1492; en 1493 se logra de Francia la cesión de los territorios catalanes del Rosellón y la Cerdaña  y en 1496 culmina la conquista de las Islas Canarias. Posteriormente, en 1512, se conquistó el reino de Navarra, apoyándose en las pretensiones dinásticas de Fernando. Se inicia además, a partir de 1492, el largo proceso de exploración y conquista de las Indias Occidentales y se desarrolla una política matrimonial, con la vista puesta en incorporar al último reino independiente que quedaba en la Península Ibérica, para ello, los reyes casan a su hija Isabel con el príncipe Alfonso de Portugal y, tras la muerte prematura de este, con su hermano y futuro rey, Manuel el Afortunado.

    Por otra parte, los Reyes Católicos refuerzan su poder, sometiendo a la nobleza (que pasa de tener funciones militares a cortesanas preferentemente), apoyados sobre todo en la victoria de Isabel durante las guerras civiles castellanas. Para ello, se dotan de un ejército permanente y moderno, organizado sobre la base de los famosos tercios; de una burocracia estatal que tiene su máxima experesión por la cima en los Consejos (a modo de ministerios colegiados, con jurisdicción territorial: Consejo de Indias, Consejo de Nápoles..., o temática: Consejo de Hacienda, de Justicia...) y por la base en los corregidores, que garantizan la autoridad real a los pueblos, reduciendo la autonomía municipal. Finalmente, se impulsa la homogeneización religiosa y cultural de la población, apoyándose en la Inquisición y mediante la conversión forzosa o expulsión de las minorías judía y musulmana y la persecución de otras minorías culturales, como los gitanos.

    Con los Reyes Católicos se dan pasos decisivos e irreversibles en la consolidación de una monarquía autoritaria, centralizada y moderna; no obstante, el mantenimiento de fueros e instituciones propios en los distintos territorios (Aragón, Cataluña, Valencia, Mallorca, Navarra...) retrasará la configuración de un Estado español centralizado, hasta la  llegada de los Borbones a comienzos del siglo XVIII y la promulgación de los Decretos de Nueva Planta.


9. Expulsión de los judíos (1492) y expulsión de los moriscos (1609)

     En el contexto de fortalecimiento de la monarquía bajo los Reyes Católicos y siendo uno de los pilares de este proceso la homogeneización cultural y religiosa de sus dominios, se lleva a cabo, a partir de finales del siglo XV, la conversión forzosa o expulsión de las minorías religiosas presentes en Castilla y Aragón, es decir,  las comunidades judía y musulmana (también sufrió persecución en este contexto y por sus peculiaridades culturales, la comunidad gitana).

    Inmediátamente  después de la conquista de Granada, Isabel y Fernando firman el decreto de expulsión de todos los judios que no aceptaran convertirse al cristianismo. Esta decisión culmina muchas décadas de represión y persecución de dicha comunidad, que había prosperado en las ciudades castellanas gracias a sus habilidades en la artesanía, el comercio y tambié la usura, lo que les habia granjeado el odio de buena parte de la población. Tras la firma del decreto, se produce la salida de Castilla y Aragón de entre 70.000 y 100.000 judios (los llamados, sefardíes, por la denominación que estos daban a españa: Sefarad); en tanto que otros 50.000, aproximadamente, optan por la conversión y el bautismo, muchos de ellos para continuar cladestinamente con sus creencias, a pesar de la vigilancia y persecución que ejerce contra ellos la Inquisición.

    La conquista de Granada, por su parte, plantea el problema del destino de los pobladores musulmanes, a quienes, en las capitulaciones de la rendición, se les aseguraba el respeto a su religión y tradiciones. No obstante, los reyes vulneraron estos acuerdos, presionando cada vez más a los llamados mudéjares o moriscos para forzar su conversión. El cardenal Cisneros, a partir de 1499, presiona cada vez más a esta comunidad, provocando, en 1500, una rebelión general de los moriscos en la comarca granadina de las Alpujarras, la cual fue duramente reprimida y sirvió como pretexto para generalizar las conversiones forzosas. A partir de 1521, sobre el papel, se logra la unidad religiosa en el todo el territorio gobernado por los Carlos I en la Península Ibérica, si bien, como aconteció con los judíos, la Inquisición estrecha su vigilancia ante la certeza de que buena parte de tales conversiones eran fingidas y así, la población morisca, se mantivo siempre bajo sospecha de conservar su antigua fe.

    En 1568, bajo Felipe II, una nueva rebelión morisca en las Alpujarras, reprimida por don Juan de Austria, alimenta las tensiones contra los moriscos y las sospechas de la colaboración de estos con el Imperio turco y con los piratas bereberes que operaban en el Mediterraneo. Así llegamos al reinado de Felipe III, quien entre 1609 y 1613, de forma escalonada, decreta la expulsión de todos los moriscos de la Monarquía Hispánica. El decreto afectó a unas 300.000 personas, que fueron obligadas a abandonar su país, rumbo, la mayoría, al norte de África. Esta decisión tuvo graves consecuencias demográficas y económicas, por afectar a un enorme contingente de población (el Reino de Valencia pierde casi un tercio de sus habitantes) y por tratarse de una mano de obra muy experta y especializada, sobre todo, en la agricultura de regadío.


10. Conquista y Colonización de América: Leyes de Indias

    Con la llegada de Cristobal Colón a las Antillas, el 12 de octubre de 1492, se inicia un largo proceso de exploración, conquista, ocupación, poblamiento y organización de las nuevas tierras americanas, que se incorporan a la Monarquía Hispánica configurando un Imperio español que perdurará hasta el siglo XIX.

    En una primera fase, a las cuatro expediciones colombinas, siguen una serie de viajes de exploración (los llamados viajes menores, o andaluces),  que completan la conquista de las Antillas, convirtiendo estas, especialmente las mayores: Cuba y La Española, en bases para ulteriores exploraciones. La segunda fase se desarrolla con la llegada a tierras continentales en la zona de México, que desembocarán en la conquista del imperio mexica o azteca, por Hernán Cortés, en 1521, y de la zona del istmo de Panamá, con la llegada al Océano Pacífico, descubierto por Vasco Núñez de Balboa en 1513; lo que, además, permite abrir nuevas vías de exploración y conquista, que culminan con la del imperio inca por Francisco Pizarro en 1532. La apertura a la navegación del Océano Pacífico por Balboa en 1513 y por la expedición Elcano-Magallanes, en 1519-22, permitirá el descubrimiento y  conquista de nuevos territorios, en Asia, como las Islas Filipinas, en 1564.

    La expansión castellana provocó enfrentamientos con otras potencias, especialmente con Portugal, que había avanzado mucho en la exploración atlántica, doblando en 1488 el cabo de Nueva Esperanza y alcanzando la India en 1499. Estas tensiones se resuelven con la intermediación del papa Alejandro VI (Bulas Inter Caetera de 1493, que establecen una linea de demarcación entre las posesiones de ambas potencias) y el Tratado de Tordesillas de 1494, entre Portugal y Castilla, que zanja la cuestión estableciendo la línea de expansión castellana a partir de 370 millas al oeste de las Islas de Cabo Verde  (Lo que permitirá a Portugal la posesión de Brasil). El Tratado de Zaragoza de 1529 entre ambas coronas, definirá el “antimeridiano” es decir, la linea de demarcación en Asia.

    La conquista de territorios se llevó a cabo mediante la iniciativa de particulares, que empeñaban sus propios recursos bajo el amparo de la Corona, con la que suscribían un contrato (las “capitulaciones”). A partir de la ocupación, se fueron estableciendo las instituciones de gobierno: En Castilla, la Casa de Contratación (1503), que desde Sevilla regulaba,  principalmente, el comercio y el Consejo de Indias (1524,) organo supremo de gobierno, justicia  y legislación para los nuevos territorios. En tierras americanas se crearon los Virreinatos de Nueva España, al norte y Perú, al sur, dividido el último en el siglo XVIII, al segregársele los de Nueva Granada (norte de Sudamérica) y Río de la Plata (Argentina). Bajo los Vireyes estaba la autoridad de Audiencias, Gobernaciones, Capitanías Generales y Adelantamientos, como grandes circunscripciones, en función de la época y territorio y finalmente, los municipios, base de la vida colonial.

    Las relaciones con la población indígena variaron mucho en función del nivel de desarrollo y grado de hostilidad de las poblaciones incorporadas, pero en todo caso suscitaron habitualmente el abuso y explotación de los conquistadores sobre los nativos; el imacto demográfico fue fruto sobre todo de la difusión de nuevas enfermedades para las que los nativos carecían de defensa y que los diezmaron; pero también de las guerras de conquista y sobre todo, de los malos tratos y explotación intensa de estos como mano de obra. Esta situación provocó la respuesta desde instancias, sobre todo religiosas, que llevaron a la Corona a promulgar leyes reguladoras de la conviviencia entre conquistadores y conquistados, son las llamadas Leyes de Indias.

    Las Leyes de Burgos, fueron promulgadas en 1512, como consecuencia de las duras críticas en los sermones de Navidad de 1511 del dominico Antonio Montesinos contra el maltratro de que eran víctimas los indios. Estas leyes determinaron la condición de hombres libres, como súbditos de la corona, de los nativos americanos, prohibiendo por tanto su esclavización e indicaron los procedimientos para la conquista y explotación de nuevos territorios, mediante el “requerimiento” y la “encomienda”.

    La campaña para la protección de los indios, desarrollada por el también dominico Bartolomé de las Casas, llevó a la promulgación de las Leyes Nuevas, en 1542, que establecían nuevas medidas para proteger a los indigenas de los abusos de los conquistadores. Es importante decir que muchos autores consideran las Leyes Nuevas, impulsadas por Las Casas y el catedrático Francisco de Vitoria y las Leyes de Burgos, como precursoras del Derecho Internacional y de los Derechos Humanos.


11. Política exterior de la monarquía hispánica de Felipe II

      Felipe II, cuyo reinado abarca la segunda mitad del siglo XVI, heredó un inmenso patrimonio territorial de manos de su padre, el emperador Carlos, (si bien, tanto el título como las posesiones austríacas pasaron a manos de su tio Fernando), así como la posibilidad de ampliarlo aún más, apelando a los derechos dinásticos heredados de su madre, Isabel de Portugal; pero también heredó una cristiandad dividida entre protestantes y católicos, así como las amenzas de las potencias europeas emergentes (Inglaterra y Francia) y la del Imperio turco, musulmán, en el extremo oriental del Mediterráneo. Estas amenazas son las que van a orientar su política exterior, que tratará sobre todo de asegurar la hegemonía de la Monarquía Hispánica en Europa y el control del imperio ultramarino, que, con sus recursos, financiaba dicha hegemonía.

    El enfrentamiento con Francia se desarrolla, sobre todo, al principio del reinado y queda resuelto con la victoria de Felipe II en San Quintín en 1557 y la consiguiente paz de Cateau Cambresis de 1559, por la que España asegura su posesión del Franco Ducado y termina con las aspiraciones francesas en Italia.

    Inglaterra planteaba graves problemas a la Monarquía Hispánica: los ingleses, desvinculados de la Iglesia de Roma desde Enrique VIII, apoyaban a los príncipes protestantes, que combatían a Felipe II en los Baíses Bajos  y sus corsarios depredaban sobre los puertos españoles en las Indias y sobre las flotas que traían el oro y la plata, imprescindibles para la monarquía. Por ello Felipe II decidió atacar el problema en su raiz, con una invasión de Inglaterra que tenía por objetivo no la anexión territorial, sino el destronamiento de Isabel I. La clave para esta operación  era la Gran Armada (Armada Invencible para la historiografía británica), sin embargo, el fracaso de esta, en 1588, perdiendo la tercera parte de sus barcos en una tormenta en el Canal de la Mancha, dio al traste con el proyecto.

    En los Países Bajos, los principes se habían sublevado contra la Monarquía Hispánica bajo la bandera del protestantismo y con el apoyo de terceras potencias, especialmente Inglaterra. Felipe II trató de combatirlos con diversas estratégias, desde la negociación hasta la guerra abierta. Sin embargo, los principes holandeses, agrupados en la Unión de Utrecht, lograron poner las bases para la futura independencia de las Provincias Unidas (Países Bajos u Holanda), mientras que las provincias del sur (actual Bélgica) se mantuvieron ligadas a la Monarquía Hispánica y leales al catolicismo.

    La amenza del Imperio otomano, sobre el Mediterraneo oriental, fue conjurada mediante la formación de la Liga Santa: el Papa, Venecia, Génova y otros estados italianos, unieron sus flotas a la española y, bajo el mando de Don Juan de Austria, infligieron a los turcos una dura derrota en la Batalla de Lepanto, en 1571, frenando así el expansionismo de los otomanos.

    Finalmente, hay que señalar que Felipe II amplió notablemente el patrimonio territorial heredado de su padre: en 1564-65, se exploran y conquistan nuevos territorios en el Océano Pacífico, incorporándose a la Monarquía Hispánica la  isla de Guam, los archipiélagos de las Marianas, las Carolinas y sobre todo, el de las Islas Filipinas (Miguel López de Legazpi). Además, en 1578, tras la muerte sin descendencia de Sebastián I de Portugal, Felipe II alega los derechos heredados de su madre y, apoyado por la alta nobleza y el clero, consigue apoderarse del trono portugués en 1580, ampliando así su imperio con los dominios portugueses en América, África y Asia.


12. Conde Duque de Olivares, rebelión de Cataluña e independencia de Portugal

    El reinado de Felipe IV (1621-1665), vio un recrudecimiento de los conflictos europeos en los que estaba implicada la Monarquía Hispánica; de ellos, el más trascendente fue la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). En líneas generales, se trataba de la disputa por la hegemonía entre las potencias emergentes: Inglaterra, Francia y Holanda principalmente y la Casa de Austria, sostenida por sus dos ramas, la austriaca y la española. En esta disputa, hay que considerar que el mayor peso del conflicto recaía sobre la rama española y, dentro de esta, sobre Castilla, de cuyos recursos humanos y económicos (estos últimos, los obtenidos de sus territorios en América) se nutría básicamente el esfuerzo de guerra.

    En este contexto, don Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares y valido del rey, concibió, en 1624, su “Gran Memorial” o “Memorial secreto” que, en síntesis, proponía, como remedio a los problemas de la monarquía, un reforzamiento del poder del rey mediante la uniformización legal de los territorios bajo su soberanía. Esta propuesta se concretó, en 1626, en la Unión de Armas, que establecía un reparto proporcional del esfuerzo de guerra (en soldados y dinero) sobre todos los territorios de la monarquía, aliviando así la excesiva presión sobre Castilla. Todos los territorios excepto, naturalmente, Castilla rechazaron frontalmente esta propuesta.

    Los sucesivos intentos de Olivares para lograr la colaboración de los demás territorios, tensó las relaciones entre estos y el monarca y cuando, en el marco de la guerra contra Francia, el Conde-Duque, trasladó tropas y abrió un frente desde territorio catalán para forzar su contribución, solo logró prender la mecha de la rebelión, que estalla en 1640 en el llamado “Corpus de Sangre”. El virrey de Cataluña es asesinado y los catalanes ofrecen el condado de Barcelona al monarca francés, Luis XIII. Los abusos de los soldados franceses en territorio catalán, la intervención militar de Felipe IV (bajo la dirección de su hijo natural don Juan José de Austria) y la magnanimidad del monarca para con los catalanes, evitando represalias tras su victoria, le permitirá a este recobrar el control sobre Cataluña y restablecer el órden en 1652.

    Sin embargo, en aquel mismo año de 1640, se había desatado otra grave crisis: el rechazo a la Unión de Armas y la impotencia de la Corona para proteger las colonias portuguesas de los ataques holandeses, provocó que parte de la nobleza y la burguesía de este país se adhirieran a la rebelión del Duque de Braganza (proclamado como Juan IV de Portugal) contra  Felipe IV. El monarca español fue incapaz de mantener bajo su control los territorios portugueses, que logran lo que no habían conseguido los catalanes y culminan su independencia en 1668.

    La Guerra de los Treinta Años se había cerrado en 1648 con la Paz de Westfalia, aunque el conflicto contra Francia no se zanjaría hasta la Paz de los Pirineos de 1659. En todo caso, ambos tratados significaron para la Monarquía Hispánica el reconocimiento de la independencia de Holanda, la pérdida definitiva de los territorios catalanes del Rosellón y la Cerdaña y, en definitiva, el fin de la hegemonía sobre Europa, que España había mantenido durante casi siglo y medio y que ahora cede, en favor de Francia en el continente y de Inglaterra y Holanda en los mares.


13. Decretos de Nueva Planta y centralismo borbónico

    Entre 1701 y 1714, se desarrolla en España la Guerra de Sucesión, que enfrenta a dos candidatos a la sucesión de Carlos II en el trono de la Monarquía Hispánica. De un lado, Felipe de Anjou, de la Casa de Borbón, apoyado por Francia, Castilla, Navarra y los territorios vascos; frente a él, el Archiduque Carlos, de la Casa de Habsburgo, apoyado por Austria, Inglaterra, Portugal, Holanda, y la Corona de Aragón. Además del conflicto dinástico (Borbones contra Habsburgos) y por la hegemonía europea (Francia contra Gran Bretaña), se enfrentan dos formas de gobierno: la tradición austríaca, más cercana a la confederación de territorios, que se gobiernan cada uno según sus propias leyes e instituciones y la tradición francesa, homogeneizadora y centralista.

    El triunfo de Felipe de Anjou (Felipe V de España), significa el triunfo del modelo de gobierno centralista, que se manifiesta de inmediato en los Decretos de Nueva Planta. Estos decretos tienen una doble función: por un lado castigan a los territorios de la Corona aragonesa por haber apoyado al candidato austríaco, pero, sobre todo, inician el camino de la centralización y homogeneización legal y administrativa de los territorios sujetos a la Corona: los Decretos de Nueva Planta (1707 para los Reinos de Valencia y Aragón, 1715 para el Reino de Mallorca y 1716 para el Principado de Cataluña), declaraban abolidas las leyes e instituciones porpias de estos territorios, haciéndo extensivas a toda España las de la Corona de Castilla. A Navarra y las provincias vascas, en cambio, se les permitió conservar sus fueros, por haber apoyado, durante la guerra, la causa de Felipe V.

    La política absolutista y centralista de los Borbones se manifestó, además de en estos decretos, en las sucesivas reformas políticas y administrativas: desaparecen las Cortes de los distintos reinos de la Corona aragonesa y las de Castilla se convierten en Cortes del Reino. Desaparecen los Consejos territoriales (a excepción del de Castilla y el de Indias) y aparecen las Secretarías de Desapacho, precedentes de los ministerios modernos, para asesorar al rey en las distintas materias. El territorio se divide en provincias, con un Capitán General al frente, y una Real Audiencia en cada una, con competencias judiciales. Más adelante, siguiendo el modelo francés, se establecerán intendencias, principalmente con competencias económicas, para asegurar una mayor eficiencia en este sentido.

    En lo que se refiere al control y gobierno de los territorios ultramarinos, se divide el inmenso Virreinato del Perú, estableciendo dos nuevos: el de Nueva Granada y el del Río de la Plata y se refuerzan los controles administrativos y económicos para una explotación más eficiente de las colonias, frente a la relativa autonomía del siglo anterior y provocando las primeras tensiones con las oligarquías criollas, donde empezará a gestarse un incipiente sentimiento nacionalista y anticolonial.

    En definitiva, la llegada de la Casa de Borbón al trono español siginificó, fundamentalmente, el fortalecimiento del poder monárquico hasta un modelo claramente absolutista y la uniformización administrativa y jurídica del Estado.


  1. 14.Carlos III y el despotismo ilustrado

  Carlos III, tercer hijo de Felipe V, llega al trono de España tras el fallecimiento de su hermano Fernando VI. Cuando accede al trono español, tiene ya una amplia experiencia de gobierno, después veinticinco años como rey de Nápoles y de Sicilia. Su reinado, que se desarrolla durante casi treinta años, entre 1759 y 1788, se considera como el máximo exponente del Despotismo Ilustrado en un país, España, en el que el escaso desarrollo de la burguesía y el enorme peso de la Iglesia Católica, retrasaron y obstaculizaron la entrada de las Luces y la Ilustración.

    Podemos distinguir dos etapas en su reinado: en la primera se rodea de ministros italianos, como Grimaldi y Esquilache, hasta que el motín contra este último (fomentado por sectores conservadores opuestos a la política reformista del rey), en 1766, da paso a una nueva donde son ya colaboradores españoles, como Aranda, Campomanes, Jovellanos y Floridablanca quienes desarrollan las mismas reformas. Estas políticas se orientan, bajo las ideas ilustradas, hacia el fortalecimiento de la monarquía y la modernización económica del país.

    Para el fortalecimiento del poder real, frente al gran contrapoder que representaba la Iglesia Católica, Carlos III fomentó el regalismo, con un mayor control sobre el nombramiento de cargos eclesiásticos por Roma y la expulsión de la Compañía de Jesús de todos sus dominios.

    En cuanto al desarrollo económico, favoreció la liberalización del comercio y la industria (apertura de puertos al comercio americano, liberalización del precio del trigo...) y la limitación de viejos privilegios arrastrados desde la Edad Media, que perjudicaban el desarrollo de la agricultura, como era el caso de los nobles ganaderos agrupados en la Mesta; tambien fomentó las Sociedades Económicas de Amigos del País, la colonización y repoblación de nuevas tierras para poner en explotación zonas hasta entonces baldías y apoyó políticas natalistas.

    Pese a estos esfuerzos, las reformas ilustradas de Carlos III no llegaron a dar los frutos deseados, como consecuencia, principalmente, de la oposición de los sectores privilegiados, así como por las limitaciones del presupuesto, hundido bajo el peso de las guerras que afrontó España como aliada de Francia en cumplimiento de los Pactos de Familia.

Primer trimestre


  1. Raíces históricas de España (1000 aC - 1800)

  2. La crisis del Antiguo Régimen (1800 - 1833)

  3. Construcción del Estado liberal (1833 - 1868)


Segundo trimestre


  4. La revolución democrática (1868 - 1875)

  5. Oligarquía y democracia (1875 -1902)

  6. El reinado de Alfonso XIII (1902 - 1931)

  7. La IIª República española (1931 -1936)

  8. La Guerra Civil (1936 - 1939)


Tercer trimestre


  9. La Dictadura franquista (1939 - 1975)

10. La Transición (1975 - 1978)

11. La monarquía parlamentaria (1978 - 2000)






RECURSOS COMPLEMENTARIOS


Juego de mesa

Guía del Cementerio Civil de Madrid





Genealogía de la monarquía española



Mapas históricos


Hispania prerromana

Conquista romana

El Reino Visigodo

Al Andalus. Conquista cristiana y repoblación

Los cinco reinos

La Monarquía Hispánica con Carlos I

La Monarquía Hispánica con Felipe II

Administración de la América colonial

La Guerra de Sucesion

La Guerra de Independencia

Las Guerras carlistas

La Guerra Civil

Desarrollismo franquista



Archivos de imagen, audio y video


Jefes de Estado de España (1800 - 2018)

Otra forma de ver a los poetas

Las voces de la historia de España

Lecturas para la Historia de España

Cine para la Historia de España



Esquemas y presentaciones


La Edad Moderna en España

El Carlismo

Las desamortizaciones

El Movimiento Obrero

Liberalismo y socialismo

La IIª República española

Los bandos en la Guerra Civil

La intervencion extranjera en la Guerra Civil

Las familias políticas franquistas


Pasatiempos para estudiar y repasar


España. Historia Antigua y Medieval

España. Historia Moderna

Fechas del siglo XIX

Fechas del siglo XX

Personajes del siglo XIX

Personajes del siglo XX

Conceptos del siglo XIX

Conceptos del siglo XX