PORTADA         2º BACHILLERATO

8. LA GUERRA CIVIL (1936 - 1939)


  1. 1.La Guerra Civil en su contexto internacional

    Para muchos autores, la guerra civil española es el preludio, e incluso el primer capítulo, de la Segunda Guerra Mundial, dado que en ella se produce el primer enfrentamiento armado entre la democracia y el fascismo. En cualquier caso, lo cierto es que la guerra española no dejó a nadie indiferente. Desde el primer momento, ciudadanos y estados de todo el mundo tomaron posiciones con respecto a los bandos enfrentados. Inmediatamente se formaron tres grandes bloques: los neutrales, los partidarios de la sublevación y los defensores de la república.


Los neutrales


    Desde el comienzo del conflicto, las principales potencias liberales, Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, optaron por la neutralidad, temerosos unos de la extensión de la guerra a Europa y del posible avance del comunismo los otros. Dentro de su neutralidad oficial, estos países mostraron sus inclinaciones hacia uno u otro bando; así Francia, gobernada también por un Frente Popular, ponía sus simpatías del lado republicano, mientras que Gran Bretaña y Estados Unidos  hacían lo propio con los sublevados e incluso les prestaban una ayuda indirecta a través de instituciones y empresas privadas, como la banca británica y la Ford, la General Motors o la Texaco estadounidenses. Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos trataron de impulsar la neutralidad con la creación de un Comité de No Intervención, con sede en Londres, que debía impedir que llegase ayuda extranjera a cualquiera de los dos bandos. Sin embargo, la presencia en este comité de países con tropas en España, como Italia o Alemania, puso de manifiesto su ineficacia desde el primer momento.


El apoyo a los sublevados


    Los regímenes fascistas de Alemania, Italia y Portugal prestaron una ayuda inmediata y masiva a los sublevados, algunos de estos países, incluso, habían establecido acuerdos con los rebeldes previamente a la sublevación. La Alemania nazi contribuyó con la Legión Cóndor, fuerza aérea de elite, así como con tropas de tierra y abundante material bélico, especialmente aviones. La Italia fascista colaboró igualmente con los sublevados, aportando un gran contingente de tropas, agrupadas en los CTV (Cuerpo de Tropas Voluntarias). En menor medida, pero también de forma directa, el Portugal salazarista prestó un importante apoyo al ejército sublevado, tanto en forma de tropas como en recursos y cobertura diplomática y logística.

Finalmente hay que destacar el apoyo ideológico y diplomático del Vaticano a los rebeldes, quienes hicieron de la defensa de la religión católica una de su principales banderas contra el régimen republicano.


El apoyo al bando republicano


    Presumiblemente, el bando republicano, como gobierno legal y legítimo de España, debía de haber contado con el apoyo inmediato de las potencias democráticas frente a la sublevación militar, tras la que se adivinaba el intento de las potencias fascistas de extender su influencia en Europa. Sin embargo, como hemos visto, la política de no intervención dejó prácticamente aislada a la República. Sólo dos países, ambos muy lejanos, apoyaron con decisión al bando gubernamental: México y la Unión Soviética.  México, gobernado por el general izquierdista Lázaro Cárdenas, facilitó alimentos, apoyo diplomático y algunas armas ligeras al bando republicano. Sin embargo, el principal apoyo de los gubernamentales procedió de la URSS, que facilitó abundante material bélico y técnicos militares cuyo pago se llevó a cabo mediante el oro del Banco de España, depositado en Moscú en previsión de una eventual caída de Madrid en manos de los rebeldes.


Capítulo aparte merece la formación de las Brigadas Internacionales. Fue este un cuerpo armado de voluntarios, organizado por la Internacional Comunista. Por estas brigadas pasaron unos 50.000 voluntarios antifascistas procedentes de unos sesenta países. Sin embargo sólo llegaron a combatir simultáneamente unos 15.000, por lo que la contribución de estas unidades a la causa republicana tuvo a menudo un carácter más ideológico y moral que práctico.



2. Evolución política y económica de los dos bandos

La zona republicana


    El estallido de la sublevación tuvo, como principal y demoledor efecto,  el de desarticular el Estado republicano. La ineficacia del gobierno para prevenir y más tarde atajar la conspiración, unido al papel decisivo que desempeñaron las milicias de partidos y sindicatos para reprimir la misma, especialmente en Madrid y Barcelona, cedió el protagonismo político a las masas. Es precisamente el golpe militar el que desencadena la revolución popular que teóricamente venía a evitar.


    Los primeros meses de guerra estuvieron dedicados a la doble tarea de recomponer el Estado republicano y crear un ejército, ya que el nacional había quedado totalmente desmantelado tras la insurrección de gran parte de sus jefes y unidades. En esta última labor se produjeron los primeros enfrentamientos entre comunistas y anarquistas. Los primeros creían prioritaria la tarea de crear un ejército bien organizado y disciplinado, sujeto a un mando único, que fuese capaz de hacer frente con eficacia a las fuerzas rebeldes. Los anarquistas por su parte creían que el carácter popular de la guerra contra el fascismo exigía que se mantuviese la organización en milicias (el pueblo en armas) que se había mostrado tan resolutiva en los primeros días del conflicto. Finalmente las tesis comunistas se impusieron y lentamente comenzó la organización de un nuevo ejército, el Ejército Popular de la República, que se formaría sobre los restos que quedaban de las antiguas Fuerzas Armadas, las de Orden Público (Guardia Civil, Guardia de Asalto y Carabineros) y las milicias populares. Las posiciones adoptadas por los comunistas en esta materia favorecieron que, muy pronto, copasen los altos cargos militares y que dirigiesen las unidades más disciplinadas y eficaces durante la guerra. Pese a todo, un auténtico ejército sólo quedaría plenamente organizado en vísperas de la Batalla del Ebro, demasiado tarde quizá para cambiar el signo de la guerra.


    En lo que atañe a la reorganización de las instituciones republicanas, las primeras decisiones del gobierno, que ante la posible caída de Madrid, se había trasladado a Valencia, estuvieron dirigidas a la resolución de tres cuestiones de urgencia: la prohibición de todas aquellas fuerzas políticas que habían respaldado la sublevación; el control sobre los comités populares, que habían surgido espontáneamente en los primeros momentos de la guerra y que se habían hecho dueños de la calle, llevando a cabo una dura represión sin el menor control gubernamental y la reestructuración del propio gobierno de la República para dar cabida en él a todas las fuerzas defensoras del orden republicano. En este sentido cabe señalar que, por primera y única vez en la historia, los anarquistas asumieron tareas de gobierno, al ser nombrados cuatro ministros de esta tendencia por Francisco Largo Caballero, nuevo presidente desde septiembre de 1936.


    Muy pronto se pusieron de manifiesto las dos grandes tendencias en que se dividió el bando republicano: por una parte los comunistas, bajo el lema "primero ganar la guerra y después hacer la revolución" defendían volcar todos los esfuerzos en la victoria militar, dejando para después un proceso revolucionario que, de llevarse a cabo de inmediato, sólo provocaría desorden, división y el rechazo de importantes sectores sociales (pequeña burguesía y campesinos propietarios) con los que la República debía contar. Frente a ellos, los anarquistas defendían la necesidad de aprovechar la guerra, que había desatado las fuerzas revolucionarias del pueblo, para llevar a cabo una revolución, sin el cual, en su opinión, no se podía ganar la guerra. Del lado de los anarquistas se pusieron los comunistas heterodoxos del POUM, de tendencia trotskista; al lado de las tesis de los comunistas ortodoxos del PCE se situaron el PSOE y los partidos republicanos más moderados. El momento culminante de esta disputa tuvo lugar en mayo de 1937, en Barcelona, donde un conflicto entre la Generalidad y los anarquistas dio inicio a una revuelta de estos que dejó como saldo unos 500 muertos en las calles de Barcelona. Estos sucesos pusieron fin al gobierno de Largo Caballero: los anarquistas le retiraron su apoyo por la represión desencadenada contra ellos, los comunistas, por no haber sabido atajar con más autoridad y firmeza la insurrección anarquista.


    Tras la caída de Largo Caballero, Azaña nombra como nuevo presidente del gobierno al Dr. Juan Negrín, el cual gobernará apoyado en los comunistas, cuya influencia sobre el ejército es cada vez mayor. Bajo el gobierno de Negrín culmina la organización del Ejército Popular y se dan nuevos pasos hacia una mayor unidad de las fuerzas republicanas. Sin embargo, a estas alturas de la guerra, la República había perdido su posición inicialmente favorable y se encontraba a la defensiva. El aislamiento internacional favorece a Franco y a finales de 1938, tras la derrota en la batalla del Ebro y la pérdida de Cataluña, en buena parte del bando republicano empieza a crecer el desánimo y el derrotismo.


    La República queda de nuevo dividida entre dos alternativas a comienzos de 1939: Un sector del PSOE, encabezado por Julian Bestéiro y apoyado por parte de la CNT (Cipriano Mera) y algunos militares, es partidario de una rendición negociada ante Franco. El Partido Comunista, junto con otro sector del PSOE (entre ellos, el propio presidente Negrín) defienden una resistencia a ultranza, en la convicción de que pronto estallará una guerra en Europa entre las potencias fascistas y las democráticas que favorecería los intereses de la República. En marzo de 1939, el sector derrotista, encabezado por el coronel Segismundo Casado, el dirigente socialista Julián Bestéiro y el anarquista Cipriano Mera, da un golpe de Estado contra el gobierno republicano del Dr. Negrín, provocando el hundimiento de la República y entregando Madrid a las fuerzas franquistas.



La zona sublevada


    La evolución política de la zona sublevada es radicalmente diferente a la observada en la gubernamental. Esta se caracterizó por el establecimiento de unos criterios políticos y militares únicos, y la supresión absoluta de cualquier disidencia.


    Entre julio y noviembre de 1936 los sublevados se gobiernan mediante una Junta de Defensa Nacional, con sede en Burgos, presidida por Miguel Cabanellas como general de más alta graduación. De forma inmediata se prohíben todas las organizaciones políticas y sindicales, se establece la censura y se restringen drásticamente todos los derechos y libertades de los ciudadanos. A ello hay que añadir una durísima represión dirigida desde el aparato del poder contra todas las personas no afectas a los sublevados.


    Aunque es Cabanellas quien preside la junta de Defensa Nacional, el poder efectivo recae en los generales Franco (jefe del ejército de África), Queipo de Llano (jefe del ejército del sur) y Mola (jefe del ejército del norte). El hecho de que el general Franco comande las unidades más eficaces de los sublevados (la legión y las tropas marroquíes) y el que, desde el primer momento, la ayuda alemana e italiana pase por sus manos, van a convertirle en la figura más destacada del bando sublevado. A finales de septiembre de 1936, Franco es nombrado Jefe del Estado y generalísimo de los ejércitos.


    Con el nombramiento de Franco, se inicia un proceso de concentración de todo el poder en manos del general, que tendrá entre sus primeras manifestaciones el decreto de unificación de abril de 1937. La organización fascista Falange Española y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (FE JONS) y el tradicionalismo carlista, pese a su carácter minoritario, habían aportado una base civil a la sublevación militar y había crecido enormemente una vez iniciada la guerra. El carácter autónomo (al margen del mando militar) de ambas organizaciones y sus enfrentamientos ocasionales incomodaban a Franco, quien el 20 de abril de 1937 unificó por decreto a falangistas y carlistas, creando el partido único que, bajo su control, debía vertebrar políticamente la zona sublevada: la Falange Española Tradicionalista y de las JONS (FET JONS). Algunos sectores tanto tradicionalistas como carlistas se opusieron a la unificación, pero fueron rápidamente liquidados por Franco, quien contaba además con la ventaja de la desorientación en que se encontraban los falangistas tras la ejecución en zona republicana de su líder y fundador José Antonio Primo de Rivera. Los sectores del carlismo opuestos a la unificación, por su parte fueron derivando progresivamente tras la guerra hacia posiciones antifranquistas.



3. Fases militares de la guerra

La conspiración y el golpe de Estado


    Tras la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, algunos sectores políticos, sociales y económicos, radicalmente opuestos a las transformaciones que anunciaba la coalición de izquierdas, deciden pasar inmediatamente del terreno de la legalidad al de la conspiración, para derribar, mediante un golpe de Estado, al régimen establecido.


    La conspiración es extensa y en ella participan en diverso grado elementos de la oligarquía  (Juan March), la derecha clásica, monárquica y católica (Serrano Súñer, el conde de Mayalde, Gil Robles), la extrema derecha (Falange y carlistas), sectores del ejército (fundamentalmente los generales africanistas) e incluso potencias extranjeras (Italia y Alemania). De todos modos, la dirección y ejecución del golpe quedaba en manos del Ejército, en tanto que los demás sectores actuarían de forma subsidiaria.


    Los principales militares implicados eran, como se ha señalado, los africanistas, bajo el mando supremo del ex-general Sanjurjo, exiliado en Lisboa, y la dirección de Emilio Mola; con él se situaban los generales Queipo de Llano, Miguel Cabanellas, Manuel Goded y, a última hora, Francisco Franco. El plan consistía en una acción rápida y violenta, que se iniciaría con el pronunciamiento de los militares en sus respectivas capitanías, para controlar inmediatamente los resortes de poder, poner fuera de la ley a las organizaciones políticas y sindicales y establecer un régimen dictatorial que determinaría posteriormente el modelo político a establecer.


    El pronunciamiento se inició en Marruecos, el 17 de julio de 1936; allí se había trasladado el general Franco desde su destino en Canarias y allí tuvieron lugar los primeros enfrentamientos con las guarniciones leales a la República; los sublevados se hicieron rápidamente con el control absoluto de la colonia y de sus fuerzas militares, las más preparadas del ejército español, por su condición de profesionales: la legión y los mercenarios marroquíes.

En el resto del país, la sublevación tuvo diversa suerte, pues, contra las previsiones de los rebeldes, la resistencia popular al golpe fue rápida, organizada y masiva, reacción que en algunas de las principales zonas del país frustró los planes golpistas.



El equilibrio de fuerzas

 

    Los sublevados alcanzaron un éxito rápido y completo en las zonas agrarias, con predominio de la pequeña propiedad, del norte de España: Galicia, Castilla León y Navarra, región esta última que fue la única donde el movimiento militar contó con un fuerte apoyo popular, consecuencia de la gran implantación del carlismo en la zona.


    En Asturias, las organizaciones obreras eran muy fuertes y mantuvieron controlada la situación, aunque el engaño del general Aranda a los mineros para que abandonaran Oviedo, fingiéndose leal a la República, le permitió apoderarse de la capital; en el País Vasco, la implantación nacionalista, que esperaba de la República la inmediata concesión del estatuto de autonomía, inclinó las fuerzas del lado gubernamental, aunque Álava quedó en manos rebeldes.


    El resto del territorio nacional, excepto los archipiélagos balear y canario, que cayeron en manos rebeldes, permaneció leal a las instituciones republicanas. En las dos ciudades más importantes del país, Madrid y Barcelona, la insurrección fue derrotada tras una dura lucha. En Madrid, las masas populares organizadas por partidos y sindicatos, asediaron los cuarteles, entre ellos, el de la Montaña, que dirigido por el general Fanjul era el centro de la insurrección. Rápidamente se formaron milicias populares, de entre las que destacó, sobre todo, el Quinto Regimiento, organizado por el Partido Comunista. En unas pocas horas, la capital quedó definitivamente en manos republicanas. En Barcelona el papel de las masas, en este caso anarquistas, fue también de gran importancia, aunque aquí fue determinante el que las fuerzas de orden público y muy especialmente la Guardia Civil, mandada por el coronel Escobar, permanecieran leales al gobierno. Los generales que se habían sublevado en estas dos capitales, Fanjul en Madrid y Goded en Barcelona, fueron días más tarde juzgados y fusilados.


    En las jornadas iniciales del golpe de Estado, la división de las Fuerzas Armadas y del Orden quedó aproximadamente como sigue:


    El Ejército de Tierra quedó dividido prácticamente a partes iguales entre gubernamentales y sublevados, pero tras esta aparente igualdad existía un gran desequilibrio: la parte que permaneció fiel a la república era el ejército de reemplazo, es decir, los jóvenes llamados a filas para cumplir el servicio militar, un sector del ejército mucho peor dotado y preparado, mientras que en manos rebeldes quedó el ejército de África, tropas profesionales bien entrenadas y equipadas y acostumbradas además al combate real.


    La aviación permaneció, en general, fiel a la República, aunque su importancia antes de empezar la guerra era bastante relativa,  por la escasez y antigüedad de los aparatos.


    En la Armada, la mayoría de los jefes y oficiales apoyaban a los rebeldes, pero en la mayor parte de los buques, la marinería y el personal técnico se amotinaron, deteniendo o matando a sus jefes y adueñándose de los barcos, de manera que, aunque la República dispuso en el comienzo de la guerra de más unidades navales, estas no estaban mandadas por personal cualificado.


    Las fuerzas de Orden Público quedaron también divididas: entre el cuerpo de Carabineros, la mayoría se inclinaron del lado rebelde, justo al contrario que entre la Guardia de Asalto; la Guardia Civil quedó dividida prácticamente a partes iguales, aunque la que permaneció leal a la República fue, poco después, transformada en Guardia Nacional Republicana.


    En los primeros días de la sublevación se constata, por lo tanto, el fracaso del golpe de Estado tal y como lo habían concebido los jefes rebeldes: no han logrado apoderarse del aparato del Estado y la mayor parte del territorio nacional permanece fiel al régimen republicano; sin embargo, la República también ha fracasado a la hora de derrotar a los golpistas, pues los rebeldes retienen parte del territorio nacional y además, disponen de las mejores tropas, aunque estas se encuentran aún al otro lado del Estrecho, en Marruecos.


    Precisamente esta será una de las claves del inicio de la guerra: los sublevados necesitaban imperiosamente pasar el ejército de África a la península, caso contrario, sus fuerzas, menos numerosas, podían ser sofocadas por los republicanos. Sin embargo, Franco, al mando del ejército de África, carece de medios para pasar las tropas a Cádiz: los barcos de la armada han sido tomados por sus tripulaciones y se mantienen fieles a la legalidad y los escasos aviones de que dispone (su propio primo, el comandante Ricardo de la Puente, inutilizó los que pudo antes de que cayeran en sus manos) son claramente insuficientes.


    En estas circunstancias, la intervención extranjera fue determinante para que el golpe de Estado fracasado se transformase en guerra civil: Italia y Alemania prestaron a Franco los medios necesarios para transportar sus tropas a la Península. Desde ese momento, se irán configurando los frentes militares.



LA EVOLUCIÓN MILITAR DE LA GUERRA


La lucha por Madrid


    La primera fase de la guerra se centró en el objetivo de la conquista de Madrid por los sublevados. Para ello, desarrollaron una serie de operaciones preliminares: el paso del Estrecho por el Ejército de África, que les permitió el control de la Andalucía occidental; la invasión por Mola del norte del país, desde sus posiciones iniciales en Navarra, hasta Galicia y Salamanca, aunque sin poder dominar la cornisa cantábrica entre Asturias y Bilbao y, finalmente, el avance del Ejército de África, bajo el mando de Franco, hacia el norte, ocupando Badajoz, y enlazando así con la zona sublevada bajo control de Mola. Al final del año, las tropas franquistas avanzan, bajo el mando del duque de Borbón, contra Málaga, cuya población huye en masa por la carretera de la costa hacia Almería. Los refugiados malagueños son atacados por barcos y aviones sublevados, que llevan a cabo así el primer ataque masivo contra refugiados civiles en un conflicto.


    A partir del otoño de 1936 los frentes quedan perfectamente delimitados en las zonas señaladas y Franco, convertido ya en generalísimo del bando sublevado, afronta la toma de Madrid. El ataque se inicia en octubre y provoca la salida del gobierno hacia Valencia. Se trata de un ataque frontal que chocará con la férrea resistencia de los madrileños. La organización de un incipiente Ejército Popular sobre la base del Quinto Regimiento de Milicias Populares, la llegada de la primera ayuda soviética, especialmente aviones que logran limpiar el cielo madrileño de los aparatos alemanes e italianos y la llegada de los primeros voluntarios internacionales, contribuyen a la resistencia de la capital frente a las tropas rebeldes, que son frenadas en las mismas afueras de Madrid. Desde este momento, Franco cambiará su estrategia, intentando ataques envolventes que aislen la capital y que van a dar lugar a las primeras grandes batallas de la guerra.


•La Batalla del Jarama (febrero de 1937) será el intento de Franco por cortar las comunicaciones de Madrid con Valencia, atacando por el sur. Se salda con una victoria republicana, al lograr frenar el avance enemigo, aunque a costa de sufrir enormes pérdidas humanas y materiales.


•La Batalla de Guadalajara (marzo de 1937). El peso principal de esta batalla lo soportan, en el bando rebelde, los CTV italianos y el encuentro se salda con una victoria sin paliativos de las fuerzas republicanas, las cuales provocan la desbandada de las tropas que trataban de cercar Madrid por el norte.


    Tras el segundo ataque frustrado contra Madrid, Franco cambia nuevamente de estrategia, interrumpe las ofensivas sobre la capital e inicia un ataque contra el norte. En este contexto  tiene lugar una nueva gran batalla cerca de Madrid, la de Brunete. Se trata en este caso de un ataque republicano contra las fuerzas que rodean la capital, que tiene por objeto aliviar la presión que Franco ejerce sobre el norte. La batalla, iniciada con un importante avance de los republicanos, que arrollan a las fuerzas rebeldes, no encuentra continuidad y termina con una vuelta de la línea de frente a su posición inicial, sin haber logrado el objetivo previsto de frenar la ofensiva franquista en el norte.


La Batalla del Norte


    En la primavera de 1937 y tras la frustración de sus ataques a Madrid, Franco traslada el centro de operaciones al norte. Esta zona se encuentra aislada del resto del territorio republicano, no puede recibir ayuda por tierra y tampoco por aire, ya que Francia se niega a permitir que los aviones republicanos reposten en territorio francés. Lo único que puede hacer el mando militar republicano es llevar a cabo algún ataque de distracción que alivie la presión sobre el norte, ese fue el objetivo de la ofensiva de Brunete, que como vimos, no logró su objetivo final. Tras una ligera resistencia y conversaciones secretas con los nacionalistas vascos, Franco ocupa la provincia de Bilbao y avanza rápidamente por Cantabria. En Asturias encuentra una dura resistencia pero, sin apoyo exterior, el territorio asturiano cae también en manos de Franco, que logra de esta manera cerrar el frente norte. En el curso de estas operaciones tendrá lugar uno de los acontecimientos de mayor repercusión en la guerra: el arrasamiento de la población civil de Guernica por la Legión Cóndor.


La Batalla de Teruel


    Conquistado el norte, Franco dirige su esfuerzo de guerra contra el este. Su objetivo ahora es alcanzar el Mediterráneo, cortando de nuevo en dos el territorio republicano. Para reforzar esta zona, el Ejército Popular llevó a cabo una ofensiva que le permitió recuperar Teruel, en manos de los rebeldes desde el comienzo de la guerra. No obstante, la ciudad fue reconquistada por las tropas franquistas, quienes lanzan una gran ofensiva que hace retroceder a los republicanos y permite a las tropas de Franco alcanzar el mar en la primavera de 1938.


La Batalla del Ebro


    Con su territorio otra vez partido en dos, la República planifica una nueva ofensiva, cuyo objetivo es restablecer la unidad entre ambas zonas. En julio de 1938 las fuerzas del Ejército Popular cruzan el Ebro y hacen retroceder varios kilómetros a los rebeldes, sin embargo, como había ocurrido en Brunete, la ventaja inicial no es aprovechada y los franquistas recuperan las posiciones iniciales, iniciando además una nueva ofensiva contra Cataluña a partir de finales del año.


EL HUNDIMIENTO DE LA REPÚBLICA


    La nueva ofensiva de Franco conduce a la caída de Cataluña y Barcelona es ocupada el 26 de enero de 1939. A partir de ese momento, se recrudecen las divisiones en el bando republicano entre quienes proponen la rendición y quienes defienden la resistencia a ultranza. En marzo, el coronel Casado, apoyado por el socialista Julián Besteiro y por el anarquista Cipriano Mera, da un golpe de Estado contra el gobierno del Dr. Negrín y entrega Madrid a las fuerzas rebeldes. La República termina de desmoronarse y el 1 de abril de 1939, el Cuartel General de Franco publica su último parte de guerra, dando la contienda por concluida.



  1. 4.Discurso de Azaña en la Universidad de Valencia, 1937 (Comentario de texto)



  1. 5.Costes humanos y económicos de la guerra


    Las consecuencias del conflicto fueron demoledoras, tanto en sus aspectos materiales como humanos: Casi tres años de guerra civil tuvieron como primera consecuencia la destrucción de gran parte de las infraestructuras de un país que, ya antes del enfrentamiento,  se caracterizaba por su retraso. Quedó destruido el 40% del parque ferroviario y el 8% de las viviendas. La producción agrícola cayó en un 20% y la industrial en un 30%. También cayó en un 30% la renta per cápita. El país tardó unos quince años en recuperar el nivel anterior a 1936.


    Las pérdidas humanas, sumando todas las registradas por diversos conceptos (muertes en combate, víctimas de la represión, fallecidos por hambre y otras causas) puede calcularse aproximadamente en medio millón de personas. A ello hay que añadir los casi 300.000 presos que se encuentran en las cárceles en 1939 y aproximadamente medio millón de exiliados. En otras palabras, prácticamente un millón y medio de muertos, presos y exiliados en un país de 23 millones de habitantes.


    Otra consecuencia de la guerra fue el establecimiento de un régimen dictatorial que abolió los derechos y libertades ciudadanas conquistados en los años previos a la guerra y que dio al traste con las importantes reformas abordadas por los gobiernos republicanos para modernizar el país. Esté régimen, además, se alineó con las potencias fascistas, derrotadas en la Segunda Guerra Mundial, lo que trajo como consecuencia un aislamiento internacional hasta mediados de los años cincuenta que agravó la situación moral y material de la población española.


    Finalmente, hay que señalar que la derrota de la República significó el fin del último intento de modernización de España en un sentido democrático y que este fracaso consolidó el tradicional retraso español con respecto a los países de su entorno inmediato.   


Primer trimestre


  1. Raíces históricas de España (1000 aC - 1800)

  2. La crisis del Antiguo Régimen (1800 - 1833)

  3. Construcción del Estado liberal (1833 - 1868)


Segundo trimestre


  4. La revolución democrática (1868 - 1875)

  5. Oligarquía y democracia (1875 -1902)

  6. El reinado de Alfonso XIII (1902 - 1931)

  7. La IIª República española (1931 -1936)

  8. La Guerra Civil (1936 - 1939)


Tercer trimestre


  9. La Dictadura franquista (1939 - 1975)

10. La Transición (1975 - 1978)

11. La monarquía parlamentaria (1978 - 2000)






RECURSOS COMPLEMENTARIOS


Juego de mesa

Guía del Cementerio Civil de Madrid





Genealogía de la monarquía española



Mapas históricos


Hispania prerromana

Conquista romana

El Reino Visigodo

Al Andalus. Conquista cristiana y repoblación

Los cinco reinos

La Monarquía Hispánica con Carlos I

La Monarquía Hispánica con Felipe II

Administración de la América colonial

La Guerra de Sucesión

La Guerra de Independencia

Las Guerras carlistas

La Guerra Civil

Desarrollismo franquista



Archivos de imagen, audio y video


Jefes de Estado de España (1800 - 2018)

Otra forma de ver a los poetas

Las voces de la historia de España

Lecturas para la Historia de España

Cine para la Historia de España



Esquemas y presentaciones


La Edad Moderna en España

El Carlismo

Las desamortizaciones

La IIª República española

Los bandos en la Guerra Civil

La intervencion extranjera en la Guerra Civil

Las familias políticas franquistas


Pasatiempos para estudiar y repasar


España. Historia Antigua y Medieval

España. Historia Moderna

Fechas del siglo XIX

Fechas del siglo XX

Personajes del siglo XIX

Personajes del siglo XX

Conceptos del siglo XIX

Conceptos del siglo XX